Mientras se apagan las otras ventanas, por mi ventana entra un escrutador aire, entra el agua que abástese el espacio y sosiega, que deja charquitos de ausencia. Ondulan suspiros en una mañana ambarina.
Por mi ventana entran sueños que se disuelven en los míos, por mi ventana no queda nada, por mi ventana traspasa un eclipse de fantasías, por mi refugio, por mi cubito de dimensiones y locuras.
De mi hogareña maleta dejo salir los sentidos, dejo entrar todas las vibras, dejo que mi cuerpo navegue en metáforas, dejo que mi olvido anide en la memoria, dejo que mi rutina haga pentagramas en mi armonía y mi lengua.
Por mi ventana acaricio el delirante silencio, peino el tiempo, giro en un espiral, castro la tristeza con el aliento, me visto de viaje, me atavío de emociones.
Por mi ventana, conspira la ilusión contra mis dedos, se albergan caritas tiernas sobre la lámpara, libros y palabras.
Por mi ventana veo, busco y no sé que busco, entre sillones y muros, entre panoramas de un crepúsculo, entre fotografías y pasado, entre flores adolescentes, entre nostalgias a borbotones, entre la hierba melodiosa que se redimida al suelo. ¡Las blandía!
A través de ella, entra el fuego del mar, la nieve del verano, las hojas con toda su clorofila del otoño.
Por mi ventana se esparcen semillas sobre mi piel y se fecundan. Iba yo caminando sobre la risa en la penumbra de unos ojos, encuentro mi cara y peces danzando en aquellos charquitos, observo crepúsculos de platanares sobre el tapiz de nubes despedazadas y grises.
¡Llueven nubes! Llueven privativos días, se extravía el ebrio amor en el sofá y el olor a tierra húmeda en las madrigueras de mi cara.
En mi ventana, tras las cortinas muere el día, la suave música, el gélido viento, se diluye el arrullo de las palomas tal si fuera un percusionista oriental. Entran interrogantes, retóricas y con ellas respuestas insípidas y una plétora de aprensiones, ante ella la distancia es el puente del van y ven.
Tras mi ventana se despiden los ojos diurnos, entra lo negro, se cuela otro astro, entran sombras. Me sumerjo en la luz de la noche, me mojo en hilos de espasmos. En lo nocturno de un poema.
Las bisagras lustres, bañadas de rayitos de luna mientras los marcos renacen en una pasa arrugada, en paradojas que indican el tiempo, que separan las luciérnagas del gallo. Yo continúo colgado en la luna, zozobrando en sus balcones.
Mi gato despierta, no reconoce nada, volvió a nacer. Permanece absorto ante mis ojos. Acude a mi mente que es una reencarnación, mi gato de manchas, que recoge todas las negruras del mundo en ellas. Me rumia en mis oídos descalzos. Mi ventana y mi gato che.
¡Llueven estrellas!
Rezongan las hojas entre mis nudillos, me he ido desmoronando ante el ameno sabor a ternura, me abruma el dulce silencio.
¡Ventana platícame!
Revela el sortilegio en el retintín del té, mueve las tiras trenzadas de mis manos. Me roban, me atrapan los recuerdos. Se demuelen y vuelven a nacer los pensamientos a orillas de la ventanita que me provoca hipocondría. Estoy ungido por una lluvia de sensaciones en diversos colores y matices. Por mi ventanita salgo, salen, entran instantes.
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