
Luego de hervir a fuego lento por múltiples lunas, nació por una ordenanza de los cielos, predominando la necesidad absoluta de salir del claustro materno, a los ochenta días del año, donde la tierra muestra sus dos caras, surcadas por la primavera que retoña, donde el día se refleja en la noche. Dicho de otra manera, en el equinoccio del 1990; engañado por esta paradoja. Esta criatura asomó la cabeza para gritar a los vientos de marzo, sus primeras plegarias, de igual manera, respirar el perfume del carbono, del sudor, de las flores, de los campos, del mar y de la asepsia en Santo Domingo. De modo que, salio ataviado de cebo y poesía rumiante.
En vista de todo esto, este bípedo desapercibido, se ha enfrentado a un variopinto paisaje de Posibilidades y ante todo un inventario de acciones, desde hacer un fufú de tapita hasta la indómita necesidad de escribir, así mismo, ha desarrollado su habilidad autóctona de la pintura e ilustración.
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